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    martes, 9 de enero de 2024

    El señor de Chacos, leyenda de Pasco

     


    En la actualidad hay en la Provincia de Pasco un pueblo llamado Chacos; tiene pocos habitantes, más o menos 2,000 indígenas; en este lugar se venera una efigie de Cristo Crucificado; una imagen preciosa e imponente, muy milagrosa, por lo cual, todos los años se le festeja el 3 de mayo.

    La leyenda de la aparición de este Señor es la siguiente: Hace muchísimos años, cerca de este pueblo, en un sitio llamado Runtu-Puna, un pastorcito que cuidaba por ahí sus cerdos, oía todas las tardes, al ponerse el sol, golpes fuertes, como de un martillo sobre un madero seco; como si clavasen. Después de repetidas búsquedas, el pastor encontró entre la arboleda una Cruz grande, con un Cristo Crucificado; inmediatamente dio aviso de su Hallazgo a los pobladores de Chacos. Estos, en gran número, acudieron a ver al Crucificado. Sabedores de esta misma noticia, los habitantes de otro pueblo, que está más o menos a igual distancia, llamado Huariaca, se dirigieron al mismo lugar con el objeto de llevarse el hallazgo y trasladar el crucifijo a su pueblo. Pero se cuenta, en forma patética, y como un milagro, que, cuando la gente de Huariaca quería cargar la Cruz, no podían moverla porque pesaba inmensamente; y comenzaba una lluvia tormentosa. Y cuando los habitantes de Chacos la levantaban no pesaba nada y salía el sol. Y esto ocurrió varias veces; hasta que los de Huariaca cedieron a los de Chachos la Cruz, ya que ese era el deseo del Señor.

    Desde esa época este Señor es venerado en su Iglesia y no le mueven. En una ocasión, hace poco, unos peregrinos que habían ido a la fiesta, en compañía del sacerdote y de un fotógrafo, quisieron mover al Señor para sacarle en procesión y tomarle una fotografía; el pueblo se opuso, diciendo que el Señor se molestaría; pero el párroco les dijo que no iba a pasar nada y procedió a mover la imagen; pero inmediatamente se desencadenó una lluvia espantosa con una fuerte granizada; y dicen que los granizos eran del tamaño de un huevo; y al caer perforaba los techos y mataron pajaritos. Esto fue causa suficiente para que el pueblo se amotinase, en tal forma, que pretendieron linchar al párroco, al fotógrafo y a las demás personas que quisieron mover la Cruz; se salvaron por un milagro, huyendo en la oscuridad de la noche.



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