Caminaba distraída, una qarachupa, cuando reparó en un utushcuro, triste y abatido,
qué presa de hambre iba jadeante, arrastrándose penosamente por entre las malezas de un
matorral.
—Oruguita, ¿a dónde vas? —preguntóle la muca
—A roer la raíz de las yerbas —respondió con voz apagada y trémula. Pasó el invierno
con sus hielos y sequías, sus inclemencias y rigores; vino la primavera con sus lluvias y rocíos,
sus flores y sus frutos.
Volviéronse nuevamente a encontrar los camaradas, y ya con la cabeza erguida e inflado
de orgullo, el irascible gusano deslizábase infatuado por entre las cañas y mazorcas de un
tupido maizal, sin dignarse mirar a la qarachupa, que, sorprendida por ese cambio y extrañada
de tanta arrogancia, le interroga:
—¿Señor gusano, a dónde se está Ud. yendo?
Irguiéndose aún más la enfurecida oruga, contestó altanera y con mucho énfasis:
—¡A comer corazón de choclos negros!
Y tanto y tanto se irguió el guapo utushcuro, que alcanzó a divisarlo un chiwaku* y
se lo devoró.
Así hay hombres que en la adversidad se arrastran humillándose; pero, cuando llegan a
poseer algo, se yerguen altivos y soberbios, olvidando lo que fueron.
Por eso, niños míos, para no correr la desastrosa suerte del utushcuro, es menester
conservarse siempre humildes y modestos.
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