En un pueblo de un país lejano
vivía hace tiempo un anciano muy
pobre. No tenía familia, y se
ganaba la vida haciendo un trabajo
por aquí y otro por allá en los
pueblos vecinos. Todo el mundo
lo quería porque a pesar de ser
viejito y pobre siempre estaba alegre y
porque era muy bueno y muy
ingenioso para hacer pequeños trabajos.
Un día, mientras comía una
manzana en la puerta de su choza, se puso
a pensar que era muy triste que
en toda la región hubiese gente que
pasaba hambre, aunque allí
abundaba la fruta en la huerta. “Soy pobre,
ya estoy viejo y no sé mucho,
pero algo debe haber que yo pueda
hacer para que la gente sea más
feliz”, se decía mientras daba el último
mordisco a la jugosa manzana. De
pronto sonrió. “Ya sé lo que voy a
hacer ¿Cómo no se me había
ocurrido antes?”, pensó. Y a partir de ese
día, cada vez que le hacía un
trabajo al dueño de una huerta, le pedía
que le pagara la mitad en
manzanas. Regresaba muy feliz a su choza,
comía las manzanas e iba
guardando los corazones en su costal, por lo
que la gente terminó llamándolo
el Viejito Corazón de Manzana.
El viejito se levantaba al
amanecer, y se iba a trabajar llevando un
largo palo sujeto a su costal con
corazones de manzana. Algunos niños
que lo seguían lo vieron muchas
veces detenerse de trecho en trecho
para colocar ahí un corazón de
manzana, que tapaba con un poco de
tierra.
Muchas veces hizo lo mismo
durante toda la primavera y parte del verano.
Al año siguiente hizo lo mismo, y
así siguió durante varios años.
A veces alguien le ofrecía un
trabajo y una vivienda más cómoda, pero
él no aceptaba. “Tengo mucho
trabajo, y necesito independencia”, decía. Y así continuó viviendo hasta que
murió.
Mientras tanto, por todos los
caminos habían comenzado a crecer manzanos.
En otoño los niños, los
caminantes, la gente más pobre, todos,
al pasar por los caminos de ese
pueblo y otros vecinos se detenían a
coger una manzana y saborearla.
¡Qué felicidad tener manzanos en los
caminos! ¿Quién los habrá
plantado? ¿Habrá sido el alcalde?, preguntaban
los forasteros. Y la gente de
todos los pueblos les contestaban
sonriendo: “No, señor. Fue el
Viejito Corazón de Manzana”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario