Abrumados por las grandes penas, doblándoseles los
miembros desfallecientes, animales y hombres corrían sin sosiego; cantando
plegarias los hombres, pidiendo en dichas plegarias calmar el hambre y la sed
que tenían.
Cuentan que, en aquellos remotos tiempos, el cielo que
azul era y también con nubes plateadas y blancas que manaban agua, tornose en azul,
pero sin nubes. La fecunda tierra toda era negra, sin flores ni frutos, pues ni
contados granos había en sus provisiones.
Y dicen que todo esto aconteció cuando hombres y
animales pecaron y ofendieron, porque olvidaron lo mandado y creado para ser
justos.
En tales penas y miserias ni troncos viejos ya había.
Dicen, además, que perdieron de la memoria la forma del adorado maíz.
Desde las altas punas, cansados de correr, vicuñas y
llamas y más animales de patas ya gastadas, bajaron a los sitios antes verdes y
a las tupidas quebradas, y solo de ellas ruinas encontraron. Las aves con vuelo
débil se atrevían a entrar a las viviendas y apenas podían mover las alas. En
fin, tal era el castigo, que ni sombra encontraron los cuerpos de hombres y
animales, que caían sin vida.
Los contados sobrevivientes a tan amargo dolor, todas
las mañanas se sobrecogían de miedo, porque amanecían los días cada vez más
llenos de desesperación.
Para conjurar esta maldición, vinieron de lejanas
comarcas al cauce de un río sin agua, ancianos y jóvenes entendidos en el oficio
de curar los males. Así reunidos, agotaron las gracias secretas y ritos hasta
entonces convenidos; y todos se dolieron al saber que no había remedio para tan
grande mal.
Cierto día, el más anciano de ellos, sorteaba el buen
o mal augurio con tres hojas de coca, que era las únicas que quedaban; y tembló
de alegría, porque dichas hojas cayeron en su dorso, revelando el bien, pues le
miraron de cara. Corrió el anciano a pesar de su vejez y anuncio tan buen
augurio; y todos esperaron en calma…
En tales circunstancias, un hermoso cóndor, que
también era conocedor de misterios, y que era el más fuerte y veloz de las aves,
voló sin cansancio por noches y días enteros, buscando el remedio. Pero pronto
se dio cuenta de que las fuerzas le abandonaban; sintió la muerte; y no queriendo
caer por el suelo, de un último esfuerzo se alzó a morir pesadamente en la
cumbre más alta de la región, el Allakchiri. (El así llamado Allakchiri es un
elevadísimo cerro de engañadores caminos que se abren en precipicios; y su
aspecto es sombrío y respetable. Su cumbre inaccesible domina el vasto paisaje
del hermoso pueblecito de Querobamba).
Viendo Allakchiri las agonías del cóndor, que era su
confidente y mensajero, le hablo de este modo: “Querido cóndor, mi único amigo,
¡Que serían de mis días sin ti! Eres el único que rompe mi soledad llegándote
mi cumbre; te amo entrañablemente, y no voy a permitir que mueras.
“Por ti desgarro mi secreto, que en seguida iras a
repartirlo. La causa de vuestros males fue originada por el Amaru, dotado de
vida humana y que vive en el fondo del lago que está junto al pueblo y que es
tan temido de animales y hombres porque devora en sus ondas a todo ser que a él
se llega.
“Él, para poseer la flor de escarcha (el sullawayta)
que le da vida, se disfrazó y rapto la flor. Algunos le temieron, pero los
otros le siguieron, y de maldades se llenaron los hombres; porque esa flor
representa el bien y la abundancia. Es así que la preciada flor fue devorada
por el cruel Amaru”.
Y terminado agrego: “Para rescatar la flor será
necesario que, de los hombres y animales, aquel que fuera tan puro y cristalino
como la flor de escarcha se arroje al fondo del lago”.
Oyendo el cóndor esta increíble revelación voló a gran
velocidad, a pesar de estar desfalleciente, y llegándose a los hombres les
contó tan buena nueva. Desafiando al miedo, los hombres se encaminaron al lago
y una vez llegados, suponiendo los unos ser más puros que los otros, se
ahogaron en el agua. Pero durante muchos días el sacrificio no dio resultado
alguno.
Pero cuando se hubo hundido un pastorcillo que vino de
lejanas punas, se agitaron las aguas; moviose con gran violencia la tierra,
caían los cerros envueltos en polvo y rodaban con atronador ruido; el viento
volaba con fieros crujidos; en fin, todo era rechinar de ira.
El miedo dominó a todos, y cayeron desmayados; y cuando
de su desmayo hubieron vuelto en sí, habían recuperado la calma, y postrados,
prometieron no pecar más.
De pronto, vieron que, de las aguas del Amaru Cocha,
subían al cielo copos de nube negros y blancos; eran todos aquellos que se
sacrificaron, menos el pastorcillo que a cambio del sullawayta, quedo para
siempre en el fondo del lago, pues fue el quién los purifico por haber sido el
más limpio y bueno de todos. De las figuras de nubes que se elevaban del lago,
las blancas representaban a los buenos y las negras a los malos.
Y así, subidos al cielo, las nubes, de tan grande pena,
lloraron abundantes lágrimas, las cuales se tornaron en lluvia.
Aseguran que desde entonces la tierra es verde con
flores y frutos; que la flor del agua amanece en las flores de la tierra y que
el cóndor no ha envejecido sino por las patas, que con los años solo ha perdido
las lumas de su duro pescuezo.
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