En Ayaviri, cuando las noches no eran alumbradas por
lámparas y aún no se había instalado las calles, la gente salía solamente en
las noches que había luna.
Contaban los noctámbulos que, en ese tiempo, pasadas
las doce de la noche, el féretro que se guardaba en la iglesia, y que era un
rústico ataúd de palos, en el que se llevaba los restos de todos los pobres que
no podían costearse el cajón; ese féretro salía de noche a recorrer las calles,
produciendo un ruido macabro, como de osamenta que se tumba y se levanta.
Cuenta un vecino antiguo, que, al tener noticia de esta leyenda, se aventuró a
subir a la torre de la iglesia, para comprobar si era efectivamente cierta la
historia de que el féretro salía en las noches de luna; y observo que, pasadas
las doce de la noche, crujió el féretro dando tumbos; y se dirigió al centro de
la plaza. Movido por el susto, el hombre toco la campana y fue entonces cuando
el féretro precipitadamente regreso a la iglesia; al poco rato nuevamente salió
el féretro y avanzo hasta la esquina opuesta de la plaza; el observador toco la
campana, y el féretro nuevamente regreso al templo.
Por tercera vez volvió a salir el féretro; y entonces,
el observador quiso percatarse hacia qué lugar se dirigía; y con gran asombro
vio que el féretro doblaba una de las calles y entraba en la casa de una
familia apellidada Bustinza; y que de esta salió conducido por cuatro hombres
vestidos de negro, que llevaban cuatro velas encendidas; y traían un cadáver.
El observador se retiró tembloroso y estupefacto. Y a los ocho días murió un
miembro de dicha familia. Por esto ha quedado la tradición de que ocho días
antes de que fallezca un vecino, el féretro se anticipa.

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