A unos siete kilómetros de Huanta, bajo el cielo
límpido, se levanta un inmenso cerro que históricamente se llamaron Amaru. Bajo
él se desliza un río no muy caudaloso, que por contener cloruro de sodio fue
denominado Cachi, en castellano “sal”.
Los antiguos moradores de los pueblecitos afirman que
aquel cerro está encantado, que en él crece indefinidamente una planta muy
estimada en la alimentación: el ají, que emplea el hombre como condimento. Se
dice que crece sin que mano humana lo cultive y se multiplica más y más y que
aún forma una especie de bosque, inspirando, por lo tanto, la curiosidad de la
gente de los alrededores.
Dícese también que habita en aquel lugar un toro de
oro resplandeciente, que todas las noches baja a beber agua del río, por un
caminito plateado que se abre a su paso y se cierra después; y que a las doce
de la noche canta un gallo su quiqui-riqui. En el río vive una ninfa hermosa,
de las que se llaman “Sirenas” de las leyendas, qué gallarda y cautelosa cuida
de su corriente, impidiendo que el toro la agote.
La curiosidad y el deseo de llegar a capturar al toro
de oro y coger el ají silvestre es mucha; los hombres viven en un afán
constante de llegar a la cúspide del cerro; pero les es imposible, puesto que
antes de llegar a la cúspide caen si no muertos, enfermos del mal llamado
“alcanzo”, enfermedad muy fuerte, con síntomas graves y vómitos de sangre, que
mata a todo ser viviente.
El toro es el rey, dueño poderoso y único de sus
bienes.
Esta leyenda se ha transmitido de generación en
generación; y hoy en día algunos indios ignorantes creen en ella, en el
encantamiento del cerro, y no osan jamás salir de la idea que los acompaña.

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