En el cerro de Cayacata, que se eleva al Oeste del
actual pueblo de Yupan vivía hace mucho tiempo una familia de indios formada
por el padre, la madre y dos hijos. En este paraje desolado es muy escasa el
agua. Para abastecerse de ella, los moradores tenían que recorrer una distancia
de dos kilómetros, más o menos, hasta llegar a las faldas de un cerro vecino
llamado Crestón. Por el centro de dicho cerro, por barrancos superficiales,
bajaban dos arroyos de aguas cristalinas, que más parecían caudales de leche
que de agua.
Una vez el indio, ansioso de poseer dichas fuentes,
que no solo saciaban su sed y la de los suyos, sino que fertilizaban sus
tierras, quiso desviarlas hacia otro barranco con el fin de evitar que el agua
fuera aprovechada por un pueblo vecino, que radicaba abajo, en una pampa de
clima abrigado. Esta mala intención fue castigada por el dios Sol; de la noche
a la mañana, los torrentes desaparecieron, con gran sorpresa y pesar del indio y
de su familia, quienes, desde entonces, para subsistir en aquel paraje, tenían
que bajar por abruptas pendientes hasta las acantiladas orillas del río santa,
que corre por el lado opuesto del cerro, y a una profundidad más o menos de
ocho kilómetros.
En sus continuas idas y venidas, el indio renegaba de
su suerte y maldecía a los dioses, que le habían castigado con tremenda
desgracia, hasta que, por fin, cansado de tanto sufrimiento, decidió
suicidarse, arrojándose desde la cumbre de un cerro, rodando cuesta abajo hasta
la encañada, en donde se le puede ver ahora convertido en piedra, con la cabeza
hacia abajo. Las gentes lo llaman “El indio de Atun-Irca”.
La esposa del indio, alarmada por su ausencia, salió
en su busca, encontrándolo petrificado en el sitio que se indica. Acongojada
por tamaña desgracia, después de llorar su desaparición emprendió el retorno
hacia los suyos, pero exhausta como estaba no podía ascender la cuesta, por lo
que decidió buscar una vía más accesible, tomando el camino de Huachcanes.
Cuando ya casi coronaba la cumbre, se puso a descansar, quedándose en el mismo
sitio convertido en piedra, por obra de los dioses. En la actualidad se la
puede contemplar al borde del referido camino, en posición de descanso, en ese
sitio que lleva el nombre de “La Vuelta de la India”. Sobre las faldas del
cerro Crestón, que es bastante visible desde el pueblo, se distinguen también
los cauces secos de los torrentes de agua que desaparecieron.

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