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    martes, 9 de enero de 2024

    El indio de Atun-Irca, leyenda de Ancash

     


    En el cerro de Cayacata, que se eleva al Oeste del actual pueblo de Yupan vivía hace mucho tiempo una familia de indios formada por el padre, la madre y dos hijos. En este paraje desolado es muy escasa el agua. Para abastecerse de ella, los moradores tenían que recorrer una distancia de dos kilómetros, más o menos, hasta llegar a las faldas de un cerro vecino llamado Crestón. Por el centro de dicho cerro, por barrancos superficiales, bajaban dos arroyos de aguas cristalinas, que más parecían caudales de leche que de agua.

    Una vez el indio, ansioso de poseer dichas fuentes, que no solo saciaban su sed y la de los suyos, sino que fertilizaban sus tierras, quiso desviarlas hacia otro barranco con el fin de evitar que el agua fuera aprovechada por un pueblo vecino, que radicaba abajo, en una pampa de clima abrigado. Esta mala intención fue castigada por el dios Sol; de la noche a la mañana, los torrentes desaparecieron, con gran sorpresa y pesar del indio y de su familia, quienes, desde entonces, para subsistir en aquel paraje, tenían que bajar por abruptas pendientes hasta las acantiladas orillas del río santa, que corre por el lado opuesto del cerro, y a una profundidad más o menos de ocho kilómetros.

    En sus continuas idas y venidas, el indio renegaba de su suerte y maldecía a los dioses, que le habían castigado con tremenda desgracia, hasta que, por fin, cansado de tanto sufrimiento, decidió suicidarse, arrojándose desde la cumbre de un cerro, rodando cuesta abajo hasta la encañada, en donde se le puede ver ahora convertido en piedra, con la cabeza hacia abajo. Las gentes lo llaman “El indio de Atun-Irca”.

    La esposa del indio, alarmada por su ausencia, salió en su busca, encontrándolo petrificado en el sitio que se indica. Acongojada por tamaña desgracia, después de llorar su desaparición emprendió el retorno hacia los suyos, pero exhausta como estaba no podía ascender la cuesta, por lo que decidió buscar una vía más accesible, tomando el camino de Huachcanes. Cuando ya casi coronaba la cumbre, se puso a descansar, quedándose en el mismo sitio convertido en piedra, por obra de los dioses. En la actualidad se la puede contemplar al borde del referido camino, en posición de descanso, en ese sitio que lleva el nombre de “La Vuelta de la India”. Sobre las faldas del cerro Crestón, que es bastante visible desde el pueblo, se distinguen también los cauces secos de los torrentes de agua que desaparecieron.



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