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    martes, 9 de enero de 2024

    Los tres toros, leyenda de Pasco

     


    El gran hundimiento que se nota al costado derecho de la bajada de Santa Rosa, era un enorme cerro desde cuya cima se divisaba: por la derecha, las cordilleras andinas cubiertas de nieve perpetua, entre las que se levanta el majestuoso Huagruncho; por el frente, las cordilleras que rodean a las haciendas San Juan de Pario y Chincha; hacia el lado izquierdo, las cumbres erizadas de Huayllay, donde se ve el gran bosque de piedras de extraña formación geológica; cerca, aparecían también las pequeñas lagunas de Chaquicocha, La Esperanza y Ruinlacocha, todas llenas de aves palmípedas posadas en el centro de sus aguas.

    Pero la particularidad que ofrecía el Cerro de Santa Rosa era que estaba cubierto de abundante pasto que se extendía hasta los cerros aledaños, pasto que era la ambición de los pastores de ganados de la región, en especial de los del pueblo de Pasco, que en la época de sequía o de continuas heladas tenían que emigrar a otros lugares arreando sus rebaños, en busca de mejores pastos; y no podían franquear el referido lugar por correr el peligro de perder la vida ante la feroz embestida de tres enormes toros de filudas astas; uno de color rojo anaranjado, otro blanco nieve y un tercero negro carbón. Cuáles centinelas alertas salían los tres toros a merodear por las faldas del cerro en espera de todo ser humano o animal que se aproximara, los que eran despedazados y después consumidos por las aves de rapiña, quedando solo osamentas en el campo.

    La misteriosa existencia de esos animales, que era una continua amenaza para los que caminaban por dicho lugar y para los pastores que se aproximaban a sus inmediaciones, habíase propalado por comarcas vecinas; despertándose también la codicia por la posesión del indicado cerro, cuyos pastos podían remediar la situación penosa de los rebaños en las épocas de sequía.

    Estas circunstancias hicieron que los principales de los pueblos de la región, se dieran cita y acordaran hacer el chaco (cacería) de los toros. En efecto, al amanecer del día convenido, alistáronse treinta jóvenes de a caballo, armados de lanzas y lazos, capitaneados por hombres de experiencia; y otros treinta peatones provistos de hondas y garrotes, seguidos también de muchos perros. Todos se encaminaron al cerro de Santa Rosa, guiados por otros que iban provistos de trompetas hechas de cuernos de vaca y tambores. El sol era quemante; eran los meses de verano. Por fin, después de una fatigosa caminata, pudieron llegar a un pequeño cerro de donde se podía divisar, a enorme distancia, como puntos, los tres toros, y por las cimas revoloteaban cóndores oteando alguna presa. Acordose hacer el alto con el fin de que los caballos tomasen un poco de pasto, sacando también los jóvenes jinetes y los dé a pie de sus chuspas (bolso de lana tejida) un poco de coca para chacchar, así como el tabaco que portaban en taleguitas para envolverlo en panca de maíz y fumarlo, libando a la vez la tradicional chacta (aguardiente) que algunos llevaban en unos cuernos de vaca.

    Después de algún tiempo de reposo, y llenados los carrillos de piccho (bolo de coca), pusieron sé a embozalar a los caballos; y cabalgando en seguida, prosiguieron la caminata a paso ligere; siendo divisados a una distancia de diez cuadras por los tres toros. Los toros principiaron a levantar la cabeza y enroscar los rabos sobre las ancas, en señal de rabia, para en seguida acometerles; pero el sonar de las trompetas, tambores, clarines, el ladrido y la embestida de los perros y los impactos de los hondazos lanzados por los dé a pie, pusieron en fuga a los toros, que en desesperada carrera subían el cerro; dándose a la carga los dé a caballo con las lanzas listas para dar las heridas mortales. Jadeantes ascendían los caballos tras los toros; cuando estos ya habían llegado a la cima, volvieron a huir los cornúpetos de la presencia de los lanceros. Pero al llegar a unos peñascos, el de color rojo, apartándose de los otros dos, habíase introducido en una cueva, llegando también a los pocos instantes sus perseguidores. Estos se situaron a los costados de la entrada de la cueva y otros entraron a provocar la salida; y esperaron al toro, pero no fue encontrado. La cueva estaba vacía y al penetrar en ella solo vieron que se levantaba un polvillo rojo con chispitas brillantes que se veían a la luz del sol, notándose también un olor asfixiante y apestoso a metal, volviendo a salir los que habían ingresado con una tosecita seca de tísico.

    Los peatones, que fatigados subían, de pronto vieron que por otra falta del cerro corrían velozmente dos de los toros perseguidos, y creyendo que había sido cogido el rojo, aceleraron la subida, encontrándose a poca distancia con sus compañeros, por quienes fueron informados de la extraña desaparición del animal. Prosiguieron en la persecución de los otros, que habían llegado a la laguna de Patarcocha; estos toros volvieron a emprender la veloz carrera hasta llegar a la laguna de Quiulacocha donde se separaron el uno del otro. El negro dirigió se hacia Goyllar, y el blanco hacia Colquijirca, tomando la dirección de la laguna de Yanancate.

    En persecución del toro blanco fueron una parte de los dé a caballo y peatones, alejándose más y más el animal, que a la distancia se veía como un punto blanco. Principiando la bajada hacia Colquijirca, habíase desencadenado una tempestad de rayos y granizo, cubriéndose la pampa de nubecillas blancas que impedían ver al animal. Uno de los mayores del grupo llamado Qulco (Gregorio) dirigiéndose a su compañero Lauli (Laurencio) le dijo: “Mala seña, el pacha psuyo (nubes de tierra) se ha interpuesto; todo está perdido; y no nos queda sino ir rastreando por la chchura (fangal) los pasos del toro”. En efecto, en medio de la niebla, atinaban a seguir los rastros que los perros husmeaban, llegando por fin a una lagunita donde desaparecían las huellas, notándose cerca del borde, turbia el agua, como si alguien hubiera removido el lodo hacia el fondo.

    Algo semejante sucedía con los hombres del otro grupo, pues cuando llegaron a la actual población de Goyllar, en cuya dirección se encaminará el toro negro, fueron sorprendidos por vientos huracanados que hacían caer las piedras de los cerros, apareciendo igualmente una densa humareda negra que se levantaba como de un incendio, por lo que atemorizados por esos extraños fenómenos tuvieron que volver en precipitada fuga.

    Al día siguiente, todos los indios de la empresa del chaco, habianse buscado para contarse lo que les había sucedido; acordándose también volver al cerro Santa Rosa para ver si habían vuelto los toros huidos, pero llegados a dicho lugar ya no fueron halladas ninguno de los tres.

    Desde el día siguiente, fueron echados los rebaños de carneros, llamas y otros animales al cerro de Santa Rosa, principiando también los pastores a construir sus chozas, poblándose así toda la región.

    Transcurridos algunos años, fueron descubiertas las grandes vetas de oro y cobra en el Cerro Santa Rosa, como las de plata de Colquijirca y el carbón de piedra de Goyllar. Los tres toros, pues, eran él anima de esos fabulosos yacimientos.



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