El gran hundimiento que se nota al costado derecho de
la bajada de Santa Rosa, era un enorme cerro desde cuya cima se divisaba: por
la derecha, las cordilleras andinas cubiertas de nieve perpetua, entre las que
se levanta el majestuoso Huagruncho; por el frente, las cordilleras que rodean
a las haciendas San Juan de Pario y Chincha; hacia el lado izquierdo, las
cumbres erizadas de Huayllay, donde se ve el gran bosque de piedras de extraña
formación geológica; cerca, aparecían también las pequeñas lagunas de
Chaquicocha, La Esperanza y Ruinlacocha, todas llenas de aves palmípedas
posadas en el centro de sus aguas.
Pero la particularidad que ofrecía el Cerro de Santa
Rosa era que estaba cubierto de abundante pasto que se extendía hasta los
cerros aledaños, pasto que era la ambición de los pastores de ganados de la
región, en especial de los del pueblo de Pasco, que en la época de sequía o de
continuas heladas tenían que emigrar a otros lugares arreando sus rebaños, en
busca de mejores pastos; y no podían franquear el referido lugar por correr el
peligro de perder la vida ante la feroz embestida de tres enormes toros de
filudas astas; uno de color rojo anaranjado, otro blanco nieve y un tercero
negro carbón. Cuáles centinelas alertas salían los tres toros a merodear por las
faldas del cerro en espera de todo ser humano o animal que se aproximara, los
que eran despedazados y después consumidos por las aves de rapiña, quedando
solo osamentas en el campo.
La misteriosa existencia de esos animales, que era una
continua amenaza para los que caminaban por dicho lugar y para los pastores que
se aproximaban a sus inmediaciones, habíase propalado por comarcas vecinas; despertándose
también la codicia por la posesión del indicado cerro, cuyos pastos podían
remediar la situación penosa de los rebaños en las épocas de sequía.
Estas circunstancias hicieron que los principales de
los pueblos de la región, se dieran cita y acordaran hacer el chaco (cacería)
de los toros. En efecto, al amanecer del día convenido, alistáronse treinta
jóvenes de a caballo, armados de lanzas y lazos, capitaneados por hombres de
experiencia; y otros treinta peatones provistos de hondas y garrotes, seguidos
también de muchos perros. Todos se encaminaron al cerro de Santa Rosa, guiados
por otros que iban provistos de trompetas hechas de cuernos de vaca y tambores.
El sol era quemante; eran los meses de verano. Por fin, después de una fatigosa
caminata, pudieron llegar a un pequeño cerro de donde se podía divisar, a
enorme distancia, como puntos, los tres toros, y por las cimas revoloteaban cóndores
oteando alguna presa. Acordose hacer el alto con el fin de que los caballos
tomasen un poco de pasto, sacando también los jóvenes jinetes y los dé a pie de
sus chuspas (bolso de lana tejida) un poco de coca para chacchar, así como el
tabaco que portaban en taleguitas para envolverlo en panca de maíz y fumarlo,
libando a la vez la tradicional chacta (aguardiente) que algunos llevaban en
unos cuernos de vaca.
Después de algún tiempo de reposo, y llenados los
carrillos de piccho (bolo de coca), pusieron sé a embozalar a los caballos; y
cabalgando en seguida, prosiguieron la caminata a paso ligere; siendo divisados
a una distancia de diez cuadras por los tres toros. Los toros principiaron a
levantar la cabeza y enroscar los rabos sobre las ancas, en señal de rabia,
para en seguida acometerles; pero el sonar de las trompetas, tambores,
clarines, el ladrido y la embestida de los perros y los impactos de los
hondazos lanzados por los dé a pie, pusieron en fuga a los toros, que en
desesperada carrera subían el cerro; dándose a la carga los dé a caballo con
las lanzas listas para dar las heridas mortales. Jadeantes ascendían los
caballos tras los toros; cuando estos ya habían llegado a la cima, volvieron a
huir los cornúpetos de la presencia de los lanceros. Pero al llegar a unos
peñascos, el de color rojo, apartándose de los otros dos, habíase introducido
en una cueva, llegando también a los pocos instantes sus perseguidores. Estos
se situaron a los costados de la entrada de la cueva y otros entraron a
provocar la salida; y esperaron al toro, pero no fue encontrado. La cueva
estaba vacía y al penetrar en ella solo vieron que se levantaba un polvillo
rojo con chispitas brillantes que se veían a la luz del sol, notándose también
un olor asfixiante y apestoso a metal, volviendo a salir los que habían
ingresado con una tosecita seca de tísico.
Los peatones, que fatigados subían, de pronto vieron
que por otra falta del cerro corrían velozmente dos de los toros perseguidos, y
creyendo que había sido cogido el rojo, aceleraron la subida, encontrándose a
poca distancia con sus compañeros, por quienes fueron informados de la extraña
desaparición del animal. Prosiguieron en la persecución de los otros, que
habían llegado a la laguna de Patarcocha; estos toros volvieron a emprender la
veloz carrera hasta llegar a la laguna de Quiulacocha donde se separaron el uno
del otro. El negro dirigió se hacia Goyllar, y el blanco hacia Colquijirca,
tomando la dirección de la laguna de Yanancate.
En persecución del toro blanco fueron una parte de los
dé a caballo y peatones, alejándose más y más el animal, que a la distancia se
veía como un punto blanco. Principiando la bajada hacia Colquijirca, habíase
desencadenado una tempestad de rayos y granizo, cubriéndose la pampa de
nubecillas blancas que impedían ver al animal. Uno de los mayores del grupo
llamado Qulco (Gregorio) dirigiéndose a su compañero Lauli (Laurencio) le dijo:
“Mala seña, el pacha psuyo (nubes de tierra) se ha interpuesto; todo está
perdido; y no nos queda sino ir rastreando por la chchura (fangal) los pasos
del toro”. En efecto, en medio de la niebla, atinaban a seguir los rastros que
los perros husmeaban, llegando por fin a una lagunita donde desaparecían las
huellas, notándose cerca del borde, turbia el agua, como si alguien hubiera
removido el lodo hacia el fondo.
Algo semejante sucedía con los hombres del otro grupo,
pues cuando llegaron a la actual población de Goyllar, en cuya dirección se
encaminará el toro negro, fueron sorprendidos por vientos huracanados que
hacían caer las piedras de los cerros, apareciendo igualmente una densa
humareda negra que se levantaba como de un incendio, por lo que atemorizados
por esos extraños fenómenos tuvieron que volver en precipitada fuga.
Al día siguiente, todos los indios de la empresa del
chaco, habianse buscado para contarse lo que les había sucedido; acordándose
también volver al cerro Santa Rosa para ver si habían vuelto los toros huidos,
pero llegados a dicho lugar ya no fueron halladas ninguno de los tres.
Desde el día siguiente, fueron echados los rebaños de
carneros, llamas y otros animales al cerro de Santa Rosa, principiando también
los pastores a construir sus chozas, poblándose así toda la región.
Transcurridos algunos años, fueron descubiertas las
grandes vetas de oro y cobra en el Cerro Santa Rosa, como las de plata de
Colquijirca y el carbón de piedra de Goyllar. Los tres toros, pues, eran él
anima de esos fabulosos yacimientos.

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