Una vieja tenía una huerta en la que diariamente hacía perjuicios
un conejo. La tal vieja, desde luego, no sabía quién era el dañino.
Y fue así como dijo: “Pondré una trampa”. Puso la trampa
y el conejo cayó, pues llegó de noche y en la oscuridad no pudo verla.
Mientras amanecía, el conejo se lamentaba: “Ahora vendrá la vieja. Tiene
muy mal genio y quién sabe si me matará”. En eso pasó por allí un
zorro y le dijo: “La vieja busca marido para su hija, y ha puesto trampa.
Ya ves: he caído. Lo malo es que no quiero casarme. ¿Por qué no ocupas
mi lugar? La hija es buenamoza”. El zorro pensó un rato y después
dijo: “Tiene bastantes gallinas”. Soltó al conejo y se puso en la trampa.
El conejo se fue, y poco después salió la vieja de su casa y acudió a ver
a la trampa. “¡Ah ¿con qué tú eras?" dijo, y se volvió a la casa. El zorro
pensaba: “Seguramente vendrá con la hija”. Al cabo de un largo rato,
retornó la vieja, pero sin la hija y con un erro caliente en la mano. El
zorro creyó que era para amenazarle a n de que aceptara casarse, y
se puso a gritar: “¡Sí, me caso con su hija! “¡Sí, me caso con su hija".
La vieja se le acercó enfurecida y comenzó a chamuscarle al mismo
tiempo que le decía: “Con que eso quieres”. Te comiste mi gallina ceniza,
destrozas la huerta y todavía deseas casarte con mi hija… toma,
toma". Y le quemaba el hocico, el lomo, la cola, las patas, la panza. La
hija apareció al oír el alboroto y se puso a reír viendo lo que pasaba.
Cuando el erro se enfrió, la vieja soltó al zorro”. “Ni más vuelvas”, le
advirtió. El zorro dijo: “Quien no va volver más es el conejo”. Y se fue
todo rengo y maltrecho.
Días van, días vienen… en una hermosa noche de luna, el zorro encontró
al conejo a la orilla de un pozo. El conejo estaba tomando agua.
“Ah —le dijo el zorro— ahora caíste. Ya no volverás a engañarme. Te
voy a comer”… El conejo le respondió: “Está bien, pero primero ayúdame
a sacar ese queso que hay en el fondo del pozo. Hace rato que
estoy bebiendo, y no consigo terminar el agua”. El zorro miró y, sin
notar que era el reejo de La luna, dijo: “¡Qué buen queso!”, Y se puso
a beber. El conejo ngía beber en tanto que el zorro tomaba agua con
todo empeño. Tomó hasta que se le hinchó la panza, que rozaba al
suelo. El conejo le preguntó: “Puedes moverte”. El zorro hizo la prueba
y, sintiendo que le era imposible, respondió: “No”. Entonces el conejo
fugó. Al amanecer se fue la Luna, y el zorro se dio cuenta de que el
queso no existía, lo que aumentó su cólera contra el conejo.
Días van, días vienen… el zorro encontró al conejo mientras este se
hallaba mirando volar a un cóndor. “Ahora Sí que te como”, le dijo. El
conejo le contestó: “Bueno, pero espera a que el cóndor me enseñe a
volar. Me está dando lecciones”… El zorro se quedó viendo el gallardo
vuelo del cóndor y exclamó: “¡Es hermoso! ¡Me gustaría volar!”, El
conejo gritó: “Compadre cóndor, compadre cóndor”… El cóndor bajó y
el conejo le explicó que el zorro quería volar. El conejo guiñó un ojo.
Entonces el cóndor dijo: “Traigan dos lapas” Llevaron dos lapas, o sea
dos grandes calabazas partidas, y el cóndor y el conejo las cosieron en
los lomos del zorro.
Después el cóndor le ordenó: “Sube a mi espalda”, El zorro lo hizo, y el
cóndor levantó el vuelo. A medida que ascendían el zorro iba amedrentándose
y preguntaba: “¿Me aviento ya?”, y el cóndor le respondía:
“Espera un momento. Para volar bien se necesita tomar altura”. Así
fueron subiendo hasta que estuvieron más arriba que el cerro más alto.
Entonces el cóndor dijo: “Aviéntate”. El zorro se tiró, pero no consiguió
volar, sino que descendía verticalmente dando volteretas. El conejo
que lo estaba viendo gritaba: “¡Mueve las lapas! ¡Mueve las lapas!”.
El zorro movía las lapas que se entrechocaban sonando: trac, tarac,
trac, tarac, trac; pero sin lograr sostenerlo. “¡Mueve las lapas!”, seguía
gritando el conejo hasta que el zorro cayó de narices en un árbol que
impidió que se matara, aunque quedó bastante rasmillado. Vio en el
árbol un nido de pajaritos y dijo: “Ahora me los comeré”. Un zorzal
llegó piando y le suplicó: “¡No los mates! ¡Son mis hijos! Pídeme lo que
quieras pero no me mates”… Entonces el zorro pidió que le sacara las
lapas y le enseñara a silbar. El zorzal le sacó las lapas y le dijo: “Tienes
que ir donde el zapatero para que te cosa la boca y te deje solo un
agujerito. Llévale algo en pago del trabajo. Después te enseñaré…”. El
zorro bajó del árbol y en el pajonal encontró una perdiz con sus crías.
Atrapó dos y siguió hacia el pueblo. La pobre perdiz se quedó llorando.
El zapatero que vivía a la entrada del pueblo recibió el obsequio y
realizó el trabajo. Luego, según lo convenido, el zorzal dio las lecciones
necesarias. Y desde entonces, el zorro, muy ufano, se pasaba la vida
silbando, y olvidó que tenía que comerse al conejo porque la venganza
se olvida con la felicidad. Se alentaba con la miel de los panales. El
conejo, por su parte, lo veía pasar y decía: “Se ha dedicado al silbo.
Y con la boca cocida no podrá comerme”. Pero no hay bien que dure
siempre. La perdiz odiaba al zorro, y un día se vengó del robo de sus
tiernas crías. Iba el zorro por caminos silbando como de costumbre: ui,
ui, ui… La perdiz de pronto salió volando por sus orejas a la vez que
piaba del modo más estridente: pi, pi, pi, pi…El zorro se asustó abriendo
tamaña boca: ¡guac!, y al romperse la costura quedose sin poder silbar.
Entonces recordó que tenía que comerse al conejo.
Días van, días vienen… Encontró al conejo al pie de una peña. Apenas
este distinguió a su enemigo, se puso a hacer como que sujetaba la
peña para que no lo aplastara. “Ahora no te escapes” —dijo el zorro
acercándose—. “Y tú tampoco” —respondió el conejo—. “Esta peña se
va caer y nos aplastará a ambos”. Entonces el zorro, asustado, saltó
hacia la peña y con todas sus fuerzas la sujetó también. “Pesa mucho”
—dijo pujando—. “Sí” — armó el conejo— Dentro de un momento
quizás se nos acaben las fuerzas y nos aplaste. Cerca hay unos troncos.
Aguanta tú mientras voy a traer uno”. “Bueno”—dijo el zorro.
El conejo se fue, y no tenía cuándo volver. El zorro jadeaba resistiendo
la peña. Al n resolvió apartarse de ella dando un ágil y largo salto,
y así lo hizo, pero la peña se quedó en su sitio. Entonces el zorro comprendió
que había sido engañado una vez más y dijo: “La próxima vez
no haré caso de nada”. Días van días vienen… el zorro no conseguía
atrapar al conejo, que se mantenía siempre alerta y echaba a correr
apenas lo divisaba. Entonces resolvió ir a cogerlo en su propia casa.
Preguntando, preguntando a un animal y a otro llegó hasta la morada
del conejo. Era una choza de achupallas.
El dueño se hallaba moliendo ají en un batán de piedra. “Ah —dijo
el zorro— ese ají me servirá para comerte bien guisado”. El conejo le
contestó. “Estoy moliendo porque dentro de un momento llegarán unas
bandas de pallas. Tendré que agasajarlas. Vienen 'diablos' y cantantes.
Si tú me matas, se pondrán tristes, ya no querrán bailar ni cantar.
Ayúdame más bien a moler el ají”. El zorro aceptó diciendo: “Voy a
ayudarte por ver las pallas, pero después te comeré”. Y se puso a moler.
El conejo, en un descuido del zorro, cogió un leño que ardía en el
fogón cercano y prendió fuego a la choza. Se sabe que las achupallas
son unas pencas que arden produciendo detonaciones y chasquidos. El
zorro preguntó por los ruidos y el conejo respondió: “Son las pallas.
Suenan los látigos de los diablos y los cohetes”.
El zorro siguió moliendo, y el conejo dijo: “Echaré sal al ají”… Simulando
hacerlo, cogió un poco de ají y lo arrojó a los ojos del zorro.
Este quedó enceguecido y el conejo huyó. El fuego se propagó a toda
la choza y el zorro, que buscaba a tientas la puerta, se chamuscó entero
mientras lograba salir. Estuvo muchos días con el cuerpo y los ojos
ardientes por las quemaduras y el ají, pero una vez que se repuso, dijo:
“Lo encontraré y comeré ahí mismo”. Se dedicó a buscar al conejo día
y noche. Después de mucho tiempo pudo dar con él. El conejo estaba
en un prado, tendido largo a largo tomando el sol. Cuando se dio
cuenta de la presencia del zorro ya era tarde para escapar. Entonces
continuó en esa posición y el zorro supuso que dormía. “Ah, conejito
—exclamó satisfecho—, el que tiene enemigo no duerme. Ahora sí que
te voy a comer”. En eso, el conejo soltó un cuesco. El zorro olió y muy
decepcionado dijo: “¡Huele mal! ¡Cuántos días hará que ha muerto!”,
y se marchó. Desde entonces el conejo vivió una existencia placentera
y tranquila, hizo una nueva choza y se paseaba conadamente por el
bosque y los campos.
Días van, días vienen… Días van, días vienen, el zorro lo distinguía
por allí comiendo su hierba. Entonces se decía: “Es otro”, y seguía su
camino.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario