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    miércoles, 28 de febrero de 2024

    Yacu mama - Cuento de la selva del Perú


    En su choza amazónica, a orillas del sonoro Ucayali, Jenaro Valdivián vió con sorpresa que las provisiones y las balas se acababan. Su fiel servidor, aquel indio conivo que tan bien flechaba los monos gordos para convertirlos en manjar exquisito, se marchó, como ellos dicen, a «pasear». Dos o tres días de misteriosa excursión por la selva, de donde regresaba, con su bondadosa sonrisa doméstica, lleno de orquídeas sangrientas y de mariposas deslumbradoras para el chiquillo.

    ¡Como iba a dejar solo a este hijo de siete años, que, educado por indios de Loreto, tenía ya vivacidades de salvaje! Salió a la orilla del río y silbó largo rato en vano. En el centro del agua un remolino de burbujas pareció responderle; pero la empecinada boa no quiso moverse. Estaba allí seguramente durmiendo y digiriendo, en su soledad acuática, el pécari cazado ayer. Resignado, en fin, Jenaro Valdivián cogió el machete y la carabina, encerró en la choza a Jenarito, a pesar de sus protestas de niño mimado, y lo amonestó severamente.

    —¡Cuidado con salir! Ya regreso.

    Para consuelo y paz dióle al partir una vela y un cartucho de hormigas tostadas, que son golosina de los niños salvajes. Valdivián no las tenía todas consigo desde la víspera. Al zanjar
    un árbol de caucho le pareció advertir que el tigre le estaba espiando en la espesura. Bien conocía los hábitos de la maravillosa bestia de terciopelo, que sigue durante días enteros a su presa y ataca solamente cuando ha observado los pasos y agilidad del adversario. En noches pasadas, fumando su cachimba bajo la luna, viera esas dos luces rojas, errantes y alucinantes
    sobre la ojiva de la tiniebla. Un disparo las dispersa por un momento; pero la ronda vuelve, y el cauchero, que sueña al aire libre, se dice lanzando bocanadas de humo, con un calofrío
    molesto: «Ya está aquí el tigre esperándome.»

    En su canoa, río abajo, Jenaro pensó que era preferible no alejarse mucho. Recordaba que a dos vueltas del río hallaría en la «quebrada de las serpientes» junto a la choza abandonada por los indios witotos, huidos del alto Putumayo, su admirable y misterioso telégrafo: el manguaré (Es un recio tronco horadado con tan extraño arte que, al golpear sus nudos redondos, la selva toda resuena a cinco leguas con un rugido.) Su servidor le había enseñado esa clave inalámbrica y seguramente algún indio amigo escucharía su mensaje distante; o tal vez Gutiérrez, el cauchero más rico de los contornos, le despacharía un «propio» con pertrechos y víveres.

    Llegó de la espesura a la canoa aquel perfume caliente que le embriagaba siempre como un efluvio de paraíso podrido. Avanzaba la selva en las riberas su fronda chillona y parlante, coronada en el sombrío vértice por monos y guacamayos tricolores. Un estruendo de menudos loros verdes pasó en el viento, hojas dispersas de un árbol roto en el huracán. La canoa crujía con un zumbido tropical de flecha o de abejorro. «Será penoso el regreso», pensó Jenaro Valdivián, hundiendo apenas el remo en el agua espumante. •
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    En la solitaria choza, el niño empezó por devorar la vela de esperma. En seguida, las hormigas tostadas con sabor de pimentado bombón inglés fueron la delicia de un cuarto de hora. La sed comenzaba a atormentarle y sacudió la puerta enérgicamente. Quería salir al río a bañarse en el remanso de la orilla como los niños del país; pero Jenaro Valdivián había asegurado la cancela de cañas con la caparazón de una inmensa tortuga muerta. El Hércules de siete años gritó en lenguaje conivo:

    —¡Yacu-Mama, Yacu-Mama!

    En el río, unas fauces tremendas emergieron agua con un bostezo lento. La obscura lengua en horqueta bebió todavía con molicie la frescura del agua torrencial. Poco a poco el cuerpo de la boa fué surgiendo en la orilla con un suave remolino de hojas. Tenía cinco metros, por lo menos, y el color de la hojarasca. El niño batió palmas y gritó alborozado cuando la espléndida bestia vino a su llamado retozando como un perro doméstico, pues es en realidad el can y la criada de los niños salvajes. Sólo quienes no han vivido en el oriente del Perú ignoran qué generosa compañera puede ser si la domestican manos hábiles. A nadie obedecía como al minúsculo tirano, jinete de tortugas y boas, que le enterraba el puno en las fauces y le raspaba las escamas con una flecha. De un coletazo la bestia rampante disparó la concha de la puerta y entró meneándose con garbo de bailarina campa. Jenarito gritó riendo:
    -¡Upa!

    La boa lo enroscó en la punta de la cola para elevarlo hasta el techo de la cabaña; pero de pronto volvió la cabeza airada hacia la selva. Se irguió en vilo como un árbol muerto. Por sus
    escamas pasaba un crujido eléctrico y la cola empezó entonces a latiguear el suelo de la choza con espanto del guacamayo azul y verde que estaba columpiándose en su cadena. Inmóvil, con los ojos sanguinolentos, parecía escuchar, en el profuso clamor de la arboleda, algún susurro conocido. Los monos en la distancia chillaron estrepitosamente. ¿En qué rincón cercano había muerto un árbol? Su turba de aves sin abrigo iba buscando otro alero en el hervidero de la selva poblada, sobre la rotunda fuga del río. Era preciso tener oídos de boa para percibir en tal estruendo el leve rasguño de unas garras.

    El tigre de la selva entró de un salto, se agazapó batiéndose rabiosamente los ijares con la cola nerviosa. Como una madre bárbara, la boa preservó primero al niño derribándole delicadamente en un rincón polvoriento de la cabaña. La lucha había comenzado, silenciosa y tenaz como un combate de indios. El felino saltó a las fauces del adversario, pero sus garras parecieron mellarse y por un minuto quedó envuelto en la red impalpable que hizo crujir las costillas. Una garra había destrozado la lengua serpentina y la boa adolorida deshizo el abrazo por un minuto para volver a enlazar otra vez. Un alarido resonó, acabando en un jadeo abrumado. La sangre salpicaba de un doble surtidor y ya solo se divisó en el suelo un remolino rojo que fue aquietándose hasta quedar convertido en una charca inmóvil de sangre negra.

    El niño lo había mirado todo, con un terror obscuro primero, con alegría de espectador después.

    Cuando, seis horas más tarde, volvió Jenaro Valdivián y comprendió de una mirada lo pasado, abrazó al chiquillo alborozadamente pero en seguida, acariciando con la mano las
    fauces muertas de su boa familiar, de su criada bárbara, murmuraba y gemía con extraña ternura :

    —¡Yacu-Mama, pobre Yacu-Mama!

    FIN



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