Rodrigo tenía que cuidar cinco
cabritas. Muy temprano las sacaba al campo. Por la tarde volvía con ellas al
corral. Una tarde las cabritas no querían irse a dormir. Rodrigo trató de
obligarlas, pero las cabritas no se movían. Se hacía tarde. Rodrigo se sentó en
una piedra y se puso a llorar:
Al poco rato pasó por allí un
conejo, y preguntó:
—Niño, ¿por qué lloras?
—Lloro porque las cabritas no
quieren andar, y si tardo mi padre me va a castigar.
—Pues verás cómo yo las hago
marchar. Pero las cabritas no le hicieron caso. Y el conejo también se puso a llorar.
Llora que te llora. Entonces pasó por allí una zorra.
—¿Por qué lloras, conejo?
—Porque el niño se ha puesto a
llorar porque las cabritas no quieren andar, y si llega tarde su padre lo va a
castigar.
—Pues verás cómo yo las hago
marchar. Pero las cabritas por_adas tampoco le hicieron caso. La zorra se sentó
junto al conejo, llorando sin consuelo. Poco después pasó por allí una abejita.
—¿Por qué lloras, zorra?
—Porque el conejo llora. Y el
conejo llora por que el niño se ha puesto a llorar, porque las cabritas no
quieren andar, y si llega tarde su padre lo va a castigar.
—Pues verás cómo yo… ¿las hago
marchar? Al oír esto, todos se echaron a reír. ¿La abeja tan chiquita iba a
poder más que ellos? El niño, el conejo y la zorra se reían a carcajadas. Pero la
abejita voló hasta donde estaban las cabritas. Se posó en la oreja de la
cabrita más grande y… ¡zas!, la picó bien fuerte. Al sentir el picotazo, la
cabrita salió corriendo. Detrás de ella se echaron a correr las otras cabritas.
Y no pararon hasta llegar al corral. Rodrigo apenas pudo alcanzarlas. Y el
conejo y la zorra se quedaron allí, mirándose con la boca abierta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario