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    viernes, 8 de marzo de 2024

    Las ranas del estanque - cuento andino del Perú

     


    Para Laura, una joven rana, no existía nada más hermoso que sentarse al piano y tocar suaves melodías. Y es que Laura era una rana que había nacido para la música, y al cabo de tantos sacrificios había logrado concluir sus estudios en el conservatorio de

    música. Eran nada menos que seis años los que pasó estudiando, y se había prometido que su primer concierto lo daría ante sus demás compañeras en el querido estanque de la colina. Pero un mal día antes del anunciado concierto el grillo Alfredo llegó con la noticia de que muy pronto el estanque iba a ser secado por los hombres de la ciudad,

    pues en ese lugar se iba a levantar un edificio para oficinas, y venía a advertirles para que con tiempo fueran haciendo los preparativos para irse a otro lugar. Nunca se vio una colonia de ranas tan acongojadas. No se explicaban por qué les iban a desaparecer su estanque si ellas cuidaban de que se viese siempre bien arregladito, y hasta habían sembrado flores alrededor de él para que agradase a la vista de los que pasaban por allí. Además, eran muy pacíficas y no hacían daño, pero nadie les hizo caso, y llenas de tristeza vieron cómo iban llegando las maquinarias que al día siguiente empezarían los trabajos, y con ello la destrucción del estanque. Aquella noche hubo reunión donde se habló y discutió mucho, pero al final todas estuvieron de acuerdo con lo que se había planteado, y así, sabiendo lo que tenían que hacer apenas amaneciese, se fueron a dormir un tanto tranquilas. Por la mañana, según lo acordado, todas ocuparon su lugar en el estanque; la piedra donde Laura se iba a ubicar para tocar el piano había sido cariñosamente pulida, y la habían colocado al centro del estanque, rodeándola después de bonitas plantas acuáticas. En la primera _la se ubicaron las ranas más ancianas, luego en la segunda _la las autoridades y después el público en general. Ya solo faltaba la presencia de Laura, cuando hicieron su aparición los hombres de la cuadrilla encargados de cubrir de tierra y piedras el estanque. En ese momento apareció Laura, y les pidió que la dejasen tocar las suaves melodías que ella sabía, pues era la primera y la última vez que tocaba en el estanque que la vio nacer. La mayoría, aunque de mala gana, dijeron que sí, y Laura dio inicio a su concierto. Al principio los hombres se miraban entre sí y sonreían. Luego unos se sentaron y otros se acostaron en las máquinas para poder escuchar con más atención. Después de unos minutos, de los sus empezaron a brotar lágrimas. Ya no sonreían ni se miraban entre sí, y es que las suaves melodías de Laura les hablaba de su estanque, de las piedras y sus amigos los grillos, los saltamontes y las alegres mariposas, y lo tristes que se iban a sentir cuando se marchasen lejos de ellos. Eran canciones que contenían toda la historia de aquel pequeño mundo y de su alegre colonia de ranas. Los hombres no pudieron resistir más, y les dijeron que no destruirían el estanque donde vivían ranas tan simpáticas y que tocaban tan bien el piano. Así en aquella soleada mañana el alegre croar de las ranas acalló el ruido que hacían las máquinas al alejarse hacia la ciudad.



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