Para
Laura, una joven rana, no existía nada más hermoso que sentarse al piano y
tocar suaves melodías. Y es que Laura era una rana que había nacido para la
música, y al cabo de tantos sacrificios había logrado concluir sus estudios en
el conservatorio de
música.
Eran nada menos que seis años los que pasó estudiando, y se había prometido que
su primer concierto lo daría ante sus demás compañeras en el querido estanque
de la colina. Pero un mal día antes del anunciado concierto el grillo Alfredo
llegó con la noticia de que muy pronto el estanque iba a ser secado por los
hombres de la ciudad,
pues en
ese lugar se iba a levantar un edificio para oficinas, y venía a advertirles
para que con tiempo fueran haciendo los preparativos para irse a otro lugar. Nunca
se vio una colonia de ranas tan acongojadas. No se explicaban por qué les iban
a desaparecer su estanque si ellas cuidaban de que se viese siempre bien
arregladito, y hasta habían sembrado flores alrededor de él para que agradase a
la vista de los que pasaban por allí. Además, eran muy pacíficas y no hacían
daño, pero nadie les hizo caso, y llenas de tristeza vieron cómo iban llegando
las maquinarias que al día siguiente empezarían los trabajos, y con ello la
destrucción del estanque. Aquella noche hubo reunión donde se habló y discutió mucho,
pero al final todas estuvieron de acuerdo con lo que se había planteado, y así,
sabiendo lo que tenían que hacer apenas amaneciese, se fueron a dormir un tanto
tranquilas. Por la mañana, según lo acordado, todas ocuparon su lugar en el estanque; la piedra
donde Laura se iba a ubicar para tocar el
piano había sido cariñosamente pulida, y la
habían colocado al centro del estanque, rodeándola después de bonitas plantas acuáticas. En la primera _la se
ubicaron las ranas más ancianas, luego en la
segunda _la las autoridades y después el público en
general. Ya solo faltaba la presencia de Laura, cuando hicieron su aparición los hombres de la cuadrilla encargados de
cubrir de tierra y piedras el estanque. En ese
momento apareció Laura, y les pidió que la dejasen
tocar las suaves melodías que ella sabía, pues era la primera y la última vez que tocaba en el estanque que la vio
nacer. La mayoría, aunque de mala gana,
dijeron que sí, y Laura dio inicio a su concierto. Al
principio los hombres se miraban entre sí y sonreían. Luego unos se sentaron y otros se acostaron en las máquinas para
poder escuchar con más atención. Después de
unos minutos, de los sus empezaron a brotar lágrimas.
Ya no sonreían ni se miraban entre sí, y es que las suaves melodías de Laura les hablaba de su estanque, de
las piedras y sus amigos los grillos, los
saltamontes y las alegres mariposas, y lo tristes que
se iban a sentir cuando se marchasen lejos de ellos. Eran canciones que contenían toda la historia de aquel pequeño
mundo y de su alegre colonia de ranas. Los
hombres no pudieron resistir más, y les dijeron que
no destruirían el estanque donde vivían ranas tan simpáticas y que tocaban tan bien el piano. Así en aquella soleada
mañana el alegre croar de las ranas acalló el
ruido que hacían las máquinas al alejarse hacia
la ciudad.

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